Transformación o arrepentimiento – Stefanie Alemán

Transformación o arrepentimiento

por Stefanie Alemán

transformacionUna vida normal. Al momento de su concepción la combinación de genes heredados era la ideal para su formación, su nacimiento fue unos días antes de la fecha esperada, gozaba de perfecta salud, todo indicaba estar dentro de los parámetros aceptables. Un hogar acogedor, contaba con sus dos padres. Había cariño en aquel hogar, le hablaban de Dios, y lo sentía, creía en El. Una infancia feliz, crecimiento normal, un poco de seriedad en su semblante pero nada motivo de visitar psicólogos; enfermaba, sí; pero nada que quitara su energía por explorar su mundo, tenía gran fuerza y entusiasmo. Todo era normal.

De pronto conforme fue creciendo, una serie de eventos marcaron su interior, y todo esto le llevó a construir murallas y poner un candado a su corazón, y aún peor que lo cerró ante toda oportunidad de una vida plena y feliz, puso caparazones para “no obtener más heridas”, caparazones de temor traducidos en orgullo que resultaban en exaltación y enojo contra su próximo, fue llenando su cuenta de amargura, ya no era el mismo ser de antes, ahora no comía, enfermaba frecuentemente, era como si algo en su interior se hubiese apagado, ante esto no salió a buscar atención, sentía que no la encontraría y otras veces que simplemente no la merecía, solo se encerró en su propio mundo, no lograba ver que podría salir de ese gran agujero, le había abierto la puerta a una gran cantidad de intrusos causantes de dolor, vergüenza, agonía, noches de insomnio, desprecio, temor, entre otros sentimientos destructivos. “Una vida sin vida” y con más heridas. Pero en su interior, aquel diseño original, anhelaba con gran desesperación borrar todo aquello y tomar nuevas decisiones, quitar toda clase de candado que había esclavizado su ser y que solo había dejado el cerrojo abierto al ladrón de vida y al asesino de esperanza y sueños, deseaba romper con toda cadena de condenación al mal, no tenia la certeza de poder hacerlo, en realidad lo dudaba, intentar hacerlo pintaba un camino de difícil prueba y dolor, sin embargo esto era necesario…

Alguna vez leí que hay un precio por elegir:

“El precio de la transformación o el precio del arrepentimiento”.

En nuestra vida es verdad que cargamos con una serie de costumbres, hábitos, el carácter de mama o papá, y muchas herencias mescladas con aquello que conforme vivimos vamos adjuntando a nuestra cuenta.

De pronto o aun desde el nacimiento o incluso antes ocurren ciertos eventos que marcan nuestra vida, algunos para bien, otros para mal, sin embargo estos segundos factores no se van sin antes dejar su huella profunda y dolorosa, algunas causadas sin nuestro consentimiento y otras fuimos nosotros quienes les dimos la bienvenida sin conocer las consecuencias. Como sea ambos extremos son causantes de dolor que deja tatuado una cicatriz.

Tales marcas intentan definir nuestro futuro puesto que en ocasiones nos lleva a poner un candado en nuestro corazón, le damos la espalda a una nueva oportunidad de crecer y permitir que aquello que nos pudo lastimar nos lleve a buscar la verdadera salida, que es Cristo. Las marcas que pueda dejar alguna mala decisión, el pecado o cualquier situación no son motivo mínimo para definir quienes somos. Aquel mal hábito o mal carácter heredado, tampoco es lo que nos define. Una mayor marca es la que nos define y es la que Cristo mismo eligió llevar; llevó la herida del pecado, de toda carga, llevó la herida de la cruz, sufrió el precio de la transformación del mundo, de tu misma transformación y a cambio obtuvo libertad, el resucitó. Cada una de sus marcas expresa “Cristo nos ha redimido”.

Entregándola en manos del alfarero cada uno puede romper con su cuenta bancaria de pecado, malas decisiones, malos hábitos o lo que al llegar al mundo nos quiso destinar a un futuro lastimero y de condenación. Ante tales situaciones existen dos opciones: elegir ser transformados no importando que queden nuevas cicatrices, puesto que es necesario para una vida nueva. O bien el arrepentimiento de no gozar de las promesas que Dios tiene para cada uno de sus hijos.

¿Si Dios quiere hacerlo?….

“y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: QUIERO, sé limpio”. El es nuestro alfarero y cuantas veces sea necesario nos tomará y pulirá hasta ser transformados a su imagen.

Transformados por medio de la renovación en Cristo Jesús.

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