El Cardiólogo Divino

EL CARDIÓLOGO DIVINO

“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida”.

(Proverbios 4:23)

Los cardiólogos no se andan con rodeos cuando se trata de llamar la atención a un paciente que está descuidando su salud. Ellos no son humoristas que pretenden hacerte reír, sino una especie de benévolos gendarmes que nos dan indicaciones prácticas para que no nos metamos en líos. Te dirán sin rodeos que disminuyas el consumo de sal y de azúcar. Te prescribirán que evites las grasas de origen animal, que consumas más pescado azul, que los alimentos los cocines al vapor, que aumentes la ingesta de verduras y frutas. Insistirán en que te liberes del estrés, del tabaco y del alcohol. No faltará el consejo acerca de hacer ejercicios y de los sistemáticos chequeos para que monitorees tu estado de salud. Sí, un cardiólogo no se irá por las ramas si se trata de nuestra calidad de vida y de la prolongación de una buena salud y me alegro que así sea.

La Biblia habla del corazón en un sentido metafórico como el sitio donde se albergan nuestras emociones. De hecho, el primer mandamiento es: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón (…) Éste es el principal mandamiento” (Marcos 12:30). Se ama con el corazón, pero también se cree con el corazón: “Porque con el corazón se cree para justicia” (Romanos 10:10). En las Escrituras el corazón tiene un rol esencial en el todo de la vida. Es el corazón quien atesora sabiduría (Proverbios 15:3). El corazón alberga nuestra conciencia del bien y del mal (1 Juan 3:20). Incluso, a veces el corazón necesita ser trasplantado, porque se hecha a perder del todo por el mal uso que su poseedor hizo de él (Ezequiel 11:19).

Dios es un experto en corazones, su mirada equivale a un millón de electrocardiogramas. Nada más mirarnos y él sabe que está bien y qué está mal. A Dios le importa nuestro corazón porque el sabe que la vida espiritual está en consonancia a la calidad de nuestra espiritualidad. Salomón lo sabe, su corazón ha pasado por el remanso de la fe y la obediencia, a la par que por la turbulencia del pecado y la deslealtad a Dios. Para el proverbista está muy claro que hay muchas cosas que cuidar en la vida, pero antes que todas ellas, es preciso tener el corazón con buena salud, pues desde un corazón bueno se podrá vivir una vida buena.

Solo una persona sedentaria, de hábitos alimenticios negativos  que ha optado por una vida sana y productiva sabe lo que significa atender bien a su corazón. Su sangre bombea mejor que antes, pues su corazón fortalecido con el ejercicio hace mejor trabajo con menos esfuerzo. Su mente está más despejada, su cuerpo está en mejor forma. Todo es ganancia si se cuida el corazón. Nosotros, los que conocemos a Dios ahora, sabemos lo que es venir de un entorno insano. Nuestro corazón no iba bien, el pecado producía en nosotros las más grotescas cardiopatías, la cosa parecía ir de mal en peor. Solo Dios, el cardiólogo celestial, puso fin al mal que nos aquejaba. Nos dio un corazón nuevo, pero esto supone una enorme responsabilidad, algo que solo nos atañe a nosotros: Cuidar el corazón que hemos recibido.

Prestemos atención a las indicaciones bíblicas para que nos vaya bien. Sigamos con obediencia resoluta cada receta del Doctor divino y tendremos una vida espiritual saludable, consistente, vigorosa. Nadie disfruta mejor un corazón sano que el que lo posee. Que nada nos infeste el alma, que nadie nos hiera el espíritu, ni otros, ni nosotros. Acoracemos aquello que Dios nos dio para que lo cuidemos. Que al final de la existencia transitoria en esta tierra podamos aparecer ante el Señor y decirle: He guardado el corazón que me diste, lo mantuve indemne, aquí está tu siervo.

Solo los de corazones incólumes estarán en la presencia de Dios para siempre. Ya lo dice la bienaventuranza: “Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios” (Mateo 5:8). Esa es la gran meta, morar con Dios por siempre, pasar la eternidad con quien nos salvó la vida trocando el viejo y fatigado corazón por uno a su imagen. En gratitud por tan generosa dádiva, seamos mayordomos diligentes que cuiden el tesoro de un corazón redimido.

Mientras esperamos que ese día eternal llegue, que cada latido, que cada pulsación sea para Dios, desde un corazón liberado, desde un alma regocijada y limpia.

Por: Osmany Cruz Ferrer

Escrito para www.devocionaldiario.com

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