De la excusa a la aventura – Osmany Cruz Ferrer

DE LA EXCUSA A LA AVENTURA

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“Pues Dios no nos ha dado un espíritu de temor y timidez sino de poder, amor y autodisciplina”

(2 Timoteo 1:7 Nueva Traducción Viviente).

La semana pasada nuestra congregación se movilizó para un evento Feliz. Aprovechando la entrada del verano, la subida de las temperaturas y un cielo totalmente despejado, nos fuimos a la playa para celebrar un culto de bautismo. Queríamos disfrutar de un día de compañerismo y toda una jornada de merecido asueto. Estábamos ansiosos por llegar y contemplar la belleza del paraje acogedor de la zona del Portíl. Un sitio de ensueño, a orillas del Océano Atlántico, aquí, en el sur de España.

La algarabía de los niños, las bromas de los jóvenes y la charla de los adultos amenizaban el viaje que prometía ser inolvidable. Llegamos al aparcamiento como un ejército que desembarca para tomar un territorio hostil. Armados con sillas de playa, sombrillas y neveras de plástico, caminamos hasta la arena con entusiasmo pueril. Todo parecía sacado de un catálogo de viajes. La brisa era perfecta a la sombra de los pinos donde nos refugiamos. Todo estaba bien, todo menos el agua.

Nací y me crié en el Caribe. El agua allí es literalmente tibia, casi caliente. Es una sauna natural, un agradable remanso de millones de metros cúbicos de aguas casi termales. Nada que ver con la temperatura del agua del Atlántico. El calor del día desentonaba con la temperatura del agua. Yo estaba reticente a entrar en ella, pero tenía que hacerlo, era el ministro que bautizaba. Celebré la ordenanza con estoica disciplina, pero una vez hubo terminado, salí del agua con una velocidad que hubiera sorprendido a un corredor olímpico. Apenas me sentía las piernas por lo que me propuse no volver a entrar en todo lo que quedaba de día. Había tenido más que suficiente y no quería repetir la experiencia.

No había terminado de secarme con la toalla cuando observé que habían entrado al agua todos: niños, jóvenes y adultos. Sonreían estrepitosamente mientras se salpicaban a propósito agua a la cara. Disfrutaban en el gélido mar como pingüinos en su hábitat natural. No me lo podía creer. Yo salvaguardando mi vida de una segura hipotermia y ellos haciendo alarde de distintos tipos de estilos de natación. ¡La primera impresión es la más difícil!, me decían a voces. ¡Luego te acostumbras!, continuaban explicando. Sonreí diplomáticamente, pero no entré al agua. Me quedé todo el día a buen resguardo, en la seguridad de lo menos arriesgado.

Llegamos a casa esa tarde complacidos de haber tenido una jornada de ocio merecido. Mi esposa y mis hijas con ganas de repetir otra vez. Por mi parte, repasé el día entero y aunque la suma de todo lo vivido fue gratificante, recordé que no me había bañado con mis amigos, ni lancé chorros de agua con mis hijas. Estaba demasiado fría el agua para no echar cuenta de ella, pensé todo el tiempo. Me perdí experiencias estimulantes por una aversión, solucionable, al agua fría.

Puedo volver a la playa cuando quiera y puedo enmendar mi falta de entusiasmo para la próxima vez. Sin embargo, me pregunto cuántas oportunidades he perdido de hacer ciertas cosas en la vida, por el solo hecho de que algo insignificante, pero molesto, me lo ha impedido. He despreciado experiencias enriquecedoras con los pretextos más disímiles. Revisó mi vida y veo una larga lista de excusas: No lo haré porque es lunes. No lo haré porque consume mucho tiempo. No lo haré porque…. Por cada excusa he perdido una oportunidad.

Como dijera el refrán popular: “El problema no es tanto tropezar con la piedra, como encariñarse con ella”. Como La metamorfosis de Kafka, debo ser transformado, sólo que a la inversa. Tomar decisiones que me hagan más abierto a lo desconocido. No perder el sentido de aventura que Dios nos da a todos los seres humanos. Debo ser más optimista, más emprendedor, más niño. Caleb a sus 85 años no puso como impedimento su edad, o lo peligroso que era conquistar una ciudad amurallada sobre un monte. Fue y conquistó aquello que quería, sin calcular tanto los imposibles.

Ya sea un inocente chapuzón en una playa demasiado fría, o la conquista de una ciudad, el principio es el mismo. Hay que ser valiente, tener un espíritu aventurero y enfrentar con entusiasmo los desafíos, pequeños o grandes, de la vida. Sólo así podremos vivir al máximo de nuestro potencial. Sólo de esta manera podremos mirar atrás con beneplácito. Atesorando cada experiencia como una oportunidad vivida a plenitud para la gloria de Dios.

Autor: Osmany Cruz Ferrer

Escrito para www.devocionaldiario.com

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