Compasión – Osmany Cruz Ferrer

COMPASIÓN

“No te niegues a hacer el bien a quien es debido, cuando tuvieres poder para hacerlo. No digas a tu prójimo: Anda, y vuelve, y mañana te daré, cuando tienes contigo qué darle”.

(Proverbios 3:27)

Es fácil mirar para otro lado cuando alguien viene a pedirnos algún tipo de ayuda, sobre todo si es alguien desconocido, o no nos cae demasiado bien, o el acto no nos beneficiará a corto o largo plazo. Siempre se puede inventar una buena excusa para librarnos de quien nos pide algo: “Anda, y vuelve, y mañana te daré.” Sin embargo, Dios no ve bien tales acciones. Como administradores de los recursos que nos da el Señor tenemos que fijarnos en aquellos más desfavorecidos y ser misericordiosos con ellos.

Algunas personas invierten más dinero en sus mascotas que en actos de compasión hacia sus semejantes. Las mascotas son fiables –dicen– pero las personas no. Las prioridades están erradas, el valor de las personas se atenúa por el egoísmo. Nos han herido tantas veces, nos han mentido en tantas ocasiones, que no nos fiamos de los demás fácilmente. El juicio precipitado hace inferir que si no tiene es porque es un vago, un mentiroso, un irresponsable o algo peor. Al no ayudar a otros, nos sentenciamos a no recibir ayuda de Dios mismo: “A Jehová presta el que da al pobre, y el bien que ha hecho, se lo volverá a pagar” (Proverbios 19:17). La mezquindad se cobra su precio y el que no da, no recibe de Dios.

El sabio Salomón nos conmina a dar “a quien es debido”. Al que está comprobado que es vago, irresponsable y tramposo no le vamos a facilitar las circunstancias para continuar en esa conducta. A los tales les confrontaremos con severidad, le proveeremos oportunidades de enmendarse, pero no desperdiciaremos los recursos de Dios en alguien o algo indebido. Sin embargo, están las viudas, los desempleados, las familias monoparentales, los ancianos, las misiones y una prolija lista de personas que están en situación de ser ayudados. A ellos debemos darles nuestra generosidad.

La caridad cristiana siempre ha sido un distintivo de nuestra fe. Damos a los demás, sean estos cristianos o no. Damos porque hemos recibido de Dios para nuestro sustento y para compartir, solo se requiere una administración altruista de los recursos que tenemos. Pero la compasión no es solo suplir necesidades económicas, eso apenas es una pequeña porción de lo que necesita una persona en verdad. La gente está hambrienta de gentileza, de aceptación, de afecto, de comprensión. Todas estas virtudes son apellidos de la compasión y se pueden repartir intencionalmente y sin reproches.

En su libro, El método de Cristo para testificar, Philip G. Samaan relata un incidente ocurrido en la Segunda Guerra Mundial entre el general Dwight D. Eisenhower y un soldado. Mientras Eisenhower caminaba cerca del río Rin en uno de los momentos más álgidos de ofensiva contra los nazis vio a un soldado especialmente desanimado, se acercó a él y le preguntó: –¿Cómo te sientes, hijo? –General, estoy terriblemente nervioso –contestó. –Bueno, entonces tú y yo formamos una dupla, porque me siento exactamente igual. Creo que si hacemos una caminata juntos nos haría bien a ambos. El soldado se sintió mucho mejor después de que su General se compadeciera e identificara con él. Recibió compasión cuando el desaliento le robaba el vigor. Tales grandezas deben rebosar en nuestro pecho para ser dispensadas a los demás.

La compasión es también, hacer justicia, hacer un bien merecido, esa idea está contenida en las palabras del proverbista. No podemos ignorar a aquel que sufre el atropello, debemos defender las causas justas y dar la cara por la rectitud. El bien de la justicia es de los más escasos, porque por instinto queremos mantenernos a salvo de conflictos ajenos. No obstante, la justicia es patrimonio de todos y hay que defenderla poniéndose del lado del agraviado.

El pensamiento salomónico es muy amplio. En sus aforismos caben muchas reflexiones por lo que se espera que el lector abreve de ellos hasta saciarse completamente. La compasión no se puede posponer, como algo secundario y subjetivo. La compasión debe tener pies raudos, porque al compadecernos mostramos, no solo nuestra solidaridad, sino la imagen de Jesús a un mundo que tanto necesita verle. Tengamos compasión, que la compasión es contagiosa y quien la recibe, intenta pronto experimentar lo que se siente al darla.

Un pequeño gesto hace la diferencia y no hay mejor momento que ahora.

Por: Osmany Cruz Ferrer
Escrito para www.devocionaldiario.com

_________________________________________

* 1 Samaan, Philip G. El Método de Cristo para testificar. Miami, Florida: E.U.A: Asociación Publicadora Interamericana, 1990. Pág.58
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Share

Comparte:


Ahora puedes comentar con tu cuenta de Facebook: