Como Jesús – Osmany Cruz Ferrer

COMO JESÚS

Como-Jesus

“Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”

(Mateo 11:29)

Me encanta Jesús. Tanto si lo veo calmando la amenazadora tempestad, como liberando al gadareno. Sorprende por su sabiduría enseñando en la montaña su más largo sermón registrado, o caminando entre los cobradores de impuesto y soltándole un lacónico, pero seductor “sígueme” a Mateo. Jesús es fascinante, se hizo hombre, vivió entre nosotros y habló nuestro lenguaje. Él es Dios encarnado y en él se ejemplifica todo aquello a lo que debemos aspirar. Su justicia, su devoción al Padre, su fe, su pasión por los demás, su carácter en general. Jesús nos salvó de nuestros pecados, pero también nos enseñó a vivir. En ese sentido estamos más carentes de aprendizaje. Es más fácil dejarse salvar que dejarse enseñar a vivir. Lo segundo involucra un proceso más largo y complejo. Sin embargo, nada nos asegura tanto una vida mejor como ser a la imagen de Jesús y a la vez, nada nos cuesta más que seguir su huella.

Nos gusta vivir por nuestra cuenta, bajo nuestros intereses y según nuestras apreciaciones. Esa es la tendencia natural del viejo hombre que traemos a nuestra conversión. Una vieja naturaleza que no puede ser mejorada, solo aniquilada cada día. La lucha es titánica. Las tentaciones se asemejan a aquella hidra mitológica que cuando cortabas una de sus cabezas, le salían otras dos. Los retos parecen multiplicarse y la vida en Cristo se torna un desafío de fe imposible si no tenemos al referente correcto. Jesús dijo cuál era el único modo de poder tener descanso en la lucha de la vida. No que haya ausencia de batallas, pero él nos dio la forma divinamente prescrita para enfrentarlas con seguridad y paz. Todo se reduce a una actitud, a un deseo que debe ser más fuerte que todo lo demás, a un anhelo hondo por ser como Jesús.

Él nos invitó a aprender de él, a ser sus discípulos en todo sentido. A la carne eso no le gusta. Ella es enemiga de Dios, pero no es contrincante suficiente para el poder del Espíritu. La carne puede ser sometida y vencida, solo debemos usar las estrategias de Dios. Imitar a Jesús es la única manera de vencer al pecado.  Jesús no pide mucho, pide todo y lo hace enteramente por nosotros. Jamás podremos vivir a su semejanza, sino entregamos lo que somos en manos de aquel que nos pensó desde antes de la fundación del mundo. No es tan fácil como suena, ni tan difícil como el diablo nos susurra. Se trata de una decisión que debe ser ratificada una y otra vez. Una elección a la que no debemos renunciar jamás y solo a base de anhelarlo, de pedirlo en oración, de intentarlo una y otra vez, será posible que se vaya borrando la imagen grotesca del viejo hombre y surja, cada vez más nítida, la imagen del Señor.

El Padre no nos obliga a un estilo de vida a su altura, más bien nos invita a vivir en la dignidad del Hijo de Dios. Nos persuade desde su omnisapiencia. Nos seduce con su amorosa verdad para que podamos vivir en él y con él en esa plenitud que solo su divinidad puede prometer, porque la posee y la otorga a quienes son obedientes a su modelo. El alma que ha vivido ese estado un solo día, jamás se saciará fuera de esa esencia.

El llamado de Jesús es inmutable. Su oferta sigue en pie. Pero hay que cansarse de vivir en forma mediocre. La vida en Cristo, a su semejanza, nos retará a abandonar modos incorrectos de pensar, actitudes desafortunadas y conductas contraproducentes. Es una elección de vida, sin importar los costos a pagar, sino la meta a alcanzar. No podemos conformarnos a vivir una vida inutilizada por el pecado, el desánimo, o la sensación de fracaso. Hay que dar un giro dramático a la vida con toda intención y firmeza. Hagamos esta declaración de fe que hizo el salmista y que sea nuestro código de vida: “En cuanto a mí, veré tu rostro en justicia; estaré satisfecho cuando despierte a tu semejanza” (Salmos 17:15).

No nos conformemos jamás, solo estaremos realizados y felices cuando vivamos como Jesús. ¡Amén!

Autor: Osmany Cruz Ferrer

Escrito para www.devocionaldiario.com

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