Yo quiero llevarme el Arca a casa – Luis Caccia Guerra

Yo quiero llevarme el Arca a casa

Los de Quiriat Yearín fueron a Bet Semes y se llevaron el arca del Señor a la casa de Abinadab,  que estaba en una loma.  Luego consagraron a su hijo Eleazar para que estuviera a cargo de ella. El arca permaneció en Quiriat Yearín durante mucho tiempo.  Pasaron veinte años,  y todo el pueblo de Israel buscaba con ansiedad al Señor. Por eso Samuel le dijo al pueblo:  “Si ustedes desean volverse al Señor de todo corazón,  desháganse de los dioses extranjeros y de las imágenes de Astarté.  Dedíquense totalmente a servir sólo al Señor,  y él los librará del poder de los filisteos.” Así que los israelitas echaron fuera a los ídolos de *Baal y a las imágenes de Astarté,  y sirvieron sólo al Señor.

(1 Samuel 7:1-4 NVI1984)

En este apasionante relato de las Escrituras, podemos ver cómo el Arca del Pacto fue llevada a la casa de  Eleazar y permaneció veinte años allí. Y no sólo fue de bendición para el dueño de casa y familia, sino para todo el pueblo.

Más adelante en el II Libro de Samuel, dice la Escritura que cuando era trasladada en un carro nuevo, los bueyes que tiraban de él tropezaron. Para que el Arca no cayera Uza intentó sostenerla con sus manos y cayó muerto, fulminado.

Aquel día David se sintió temeroso del Señor y exclamó:  “¡Es mejor que no me lleve el arca del Señor!” Y como ya no quería llevarse el arca del Señor a la Ciudad de David,  ordenó que la trasladaran a la casa de Obed Edom,  oriundo de Gat. Fue así como el arca del Señor permaneció tres meses en la casa de Obed Edom de Gat,  y el Señor lo bendijo a él y a toda su familia.

(2 Samuel 6:9-11 NVI)

¡Hubo quien describió el Arca como un condensador de miles de volts! para “explicar” porqué Uza cayó fulminado cuando puso sus manos en ella. Por lo visto no le habían reemplazado la batería aún, cuando alguien la subió al carro… o los filisteos se olvidaron de conectarla mientras la tuvieron en su poder como botín de guerra.

Más allá de las delirantes explicaciones que el incrédulo intenta darle a los eventos bíblicos, veo en estos pasajes de las Escrituras un gran paralelo con la vida de nuestros días.

Cuatro clases de hombres. Cuatro formas de vida. Cuatro situaciones diferentes.

Los filisteos, que hasta que la devolvieron no tuvieron que lamentar bajas por tener o manipular el Arca, pero tampoco les sirvió de nada.

Un hombre bien intencionado, pero haciendo las cosas a su parecer; al que le costó la vida, su desconocimiento o tal vez lamentable descuido. Había instrucciones expresas y estrictas de Dios de que el Arca no se debía tocar.

Otro hombre bien intencionado que intentó trasladar el Arca como a él mejor le pareció. Sobre un carro nuevo, que nunca había sido usado para otra cosa, en lugar de sobre varas y a hombros de sacerdotes coatitas, descendientes de Aarón; como Dios lo había establecido.

Y finalmente dos hombres consagrados que se llevaron el Arca a casa y ellos, familias y pueblo se gozaron de raudales de bendiciones de parte de Dios.

¿Qué hace entonces, la diferencia?

Más allá de cualquier interpretación teológica y en la búsqueda de una aplicación devocional, en estas situaciones puedo discernir un denominador común entre todas ellas: consagración y obediencia vs. metodologías de hombres.

Hoy nada se sabe sobre el Arca. El comentarista William McDonald la ve como la “representación visible de la presencia de Dios sobre esta tierra hasta la venida de Jesucristo”. Jesús ya vino. Pero hoy hay un Arca que aún permanece entre nosotros. Es Su Palabra, la Promesa de sus Bendiciones.

En este mundo hay mucha buena gente –a su propio parecer– que afirma categóricamente creer en Dios. Puede llevarse el Arca a su casa; tal vez tenga una Biblia o algo que represente a Dios, pero de nada le sirve. Su vida es vacía cuando entra en un templo y sigue siendo vacía cuando sale de él. Muchos de ellos no saben que pertenecen a tribus de los filisteos.

Hay quienes intentan –como David– con la mejor de sus buenas intenciones, poner las bendiciones sobre un carro nuevo, cuando Dios tiene sus propios métodos para derramar sus bendiciones sobre sus hijos. Tal vez tiene una Biblia en una bonita biblioteca o en un sitial de honor en su casa u oficina, pero tal vez reclama por años bendiciones de parte de Dios que nunca llegan.

Otros, literalmente mueren a causa del Arca. No está mal estudiar, instruirse, discernir las Escrituras; pero su mente se llena tanto de conocimientos que finalmente ya ellos mismos no saben en qué creer. Creyentes de cabezas muy grandes y llenas, pero de corazones chiquitos y vacíos.

Y finalmente, gente sencilla y consagrada. Obedientes a Su Mandato, que gozan de las lluvias de bendiciones que Dios derrama sobre ellas. Gente Luz. Antorchas que arden, alumbrando a su paso el camino a los demás hacia Dios. Luminares en el mundo, que gozan de las bendiciones de Dios, ellos, sus familias, cercanos y todo el pueblo.

Como cristianos tenemos una enorme responsabilidad que muchas veces se nos pasa desapercibida: Transportar el Arca tal y como Dios ha establecido que se debe hacer.

SEÑOR ¡YO QUIERO LLEVARME EL ARCA A CASA!

Más bien,  busquen primeramente el reino de Dios y su justicia,  y todas estas cosas les serán añadidas.

(Mateo 6:33 NVI1984)

Pero ustedes son linaje escogido,  real sacerdocio,  nación santa,  pueblo que pertenece a Dios,  para que proclamen las obras maravillosas de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.

(1 Pedro 2:9 NVI1984)

Autor: Luis Caccia Guerra

Escrito para www.destellodesugloria.org

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