Señor, ¡no me entregues a los Filisteos! – Luis Caccia Guerra

Señor, ¡no me entregues a los Filisteos!

Conocida es la historia del pueblo de Israel. Salió con poder de la esclavitud de Egipto, tomado de la mano poderosa de Dios. El Señor abrió las aguas del mar para que el pueblo pasara. Los bendecidos pasaron. Los oportunistas del ejército egipcio, no.

Hoy esa historia sigue siendo así. Se repite cada día, en cada vida. Como creyentes hemos sido liberados de la esclavitud del pecado, del Egipto de nuestras vidas. Nuestro amado Dios abrió las aguas del mar para que pudiésemos pasar a la otra orilla. Detrás nuestro, un tremendo y poderoso ejército de huestes celestiales de maldad que creyó ser hábil en aprovechar la brecha entre las aguas, quedó sepultado y hundido en ellas.

Y nosotros mientras transitamos la vida en este mundo caído y corrupto vamos en camino de una Tierra Celestial prometida, donde ya no habrá tristeza ni dolor, donde toda lágrima será enjugada y donde toda pena y sufrimiento hallará consuelo.

Sin embargo en cada vida, persiste muchas veces, como ocurrió con el pueblo de Israel en la época de Moisés; la mentalidad de esclavo en personas emancipadas, liberadas dela esclavitud. Otros, aprovechando la brecha de las aguas, es decir, “colgándose” de las bendiciones de Dios, pero lejos de El y viviendo en pecado. No es de extrañarse, entonces que en alguna época de nuestras vidas, las aguas se nos hayan cerrado encima nuestro y de repente nos hemos hallado clamando a Dios porque nos saque de las profundidades.

Pero más adelante, aún otras dificultades esperaban a este pueblo mal agradecido, idólatra, terco y quejumbroso. ¡Ese soy yo! Dios les prometió y les entregó en sus manos una Tierra Prometida rica, de abundancia, “donde fluye leche y miel”. Pero hubo luchas. Lo que pudo durar unas pocas semanas, tal vez unos pocos meses; se transformó en cuarenta años de tumbos en el desierto. Y esto no fue un problema de Dios. Fue por causa del hombre y nada más que de él. Y uno de los pueblos que más dolores de cabeza le causaron a los elegidos de Dios, fueron justamente los filisteos.

Hoy las cosas no son muy diferentes. Vivimos rodeados de filisteos. De gente que invoca a Dios, pero nos hace mal, que procura no otra cosa que hacernos daño. En la vecindad, en el trabajo, en la escuela, en la universidad y si nos descuidamos, alguno también en el mismo seno de la iglesia, surge desde las sombras para clavarnos la aguda y filosa daga de una traición, una trampa, una zancadilla o simplemente aprovecharse de algún error o debilidad nuestra para obtener su rédito a costa de nuestro perjuicio. Muchas veces clamé a Dios “¡Señor, que no se salga con la suya, por favor!” Pero… ¿Saben qué? Esa persona que procura mi mal y está pendiente aún de cada pestañeo de mis ojos para conseguirlo, no hace otra cosa que salirse con la suya toda y cada vez que así se lo propone.

Cuando el pueblo de Israel se alejaba de Dios, sobrevenían los ataques de los Filisteos. Quien dice “Filisteos” también dice babilonios, romanos, y cualquier otra nación que Dios puso en algún momento de su historia para subyugarlos, para someterlos y hacerles sentir el amargo sabor de la derrota lejos de la mano de Dios. Esto hoy permanece más vigente que nunca en cada una de nuestras vidas.

Si el enemigo obtiene éxito y se sale con la suya simplemente cada vez que así se lo propone, es porque no estamos tan cerca de Dios como creemos estarlo.

Señor… ¡Por favor, no me entregues a los filisteos!

Mas el publicano estando lejos no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.

(Lucas 18:13 RV2000) 

El SEÑOR alejó tus juicios, echó fuera tu enemigo; El SEÑOR es Rey de Israel en medio de ti; nunca más verás el mal.

(Sofonías 3:15 RV2000)

Autor: Luis Caccia Guerra

Escrito para www.devocionaldiario.com

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