Princesa – Luis Caccia Guerra

Princesa

Hoy recordé con emoción la primera vez que escuché la palabra “papá” ¡y la personita que la pronunciaba se refería nada más ni nada menos que a mí!

Mi amada esposa y quien esto escribe no podíamos tener hijos. Después de nueve años de matrimonio y oraciones; un buen día, un dulce angelito golpeó a las puertas de nuestro hogar triste y solitario y lo iluminó con la lucecita de su presencia.

La música de su vocecita, el ritmo de su corazoncito acelerado; la angustia de su llanto, las campanitas de su risa; sus bracitos rodeando el cuello y sus interminables y repetidos “te quiero”, cada uno expresado desde lo profundo de su corazón… En pocas palabras, esa dulce princesita supo vestir de primavera el invierno de un hogar que “quemaba” sus últimas esperanzas. ¡Dios! ¡Qué bendición!

-“Jesús, el Hijo de Dios te quiere mucho, y quiere vivir en tu corazoncito. ¿Lo invitarías a entrar?”

-“¡Sí Pá..! El me va a perdonar, ¿no es cierto?”

¡Lo tenía clarísimo!! Seis años tenía esa noche de invierno cuando oramos juntos y desde ese momento Dios es su vida y ella sabe que su Padre Celestial la ama y la cuida.

Hoy tiene diecinueve, pero a pesar del tiempo transcurrido, ella sabe que sigue siendo para este siervo, la dulce princesita que cautivó el corazón de papá. Pero lo más importante de todo es que su fe y convicción se afirman cada día. Ya no tiene dudas de que Jesús murió por sus pecados y que todos y cada uno de ellos han sido perdonados. Otra vez: ¡Señor, qué bendición!

Sin embargo, no todo es “color de rosa” en esto que parece un cuentito de final feliz. Las rispideces asoman cuando menos lo esperas. A veces ella ha tenido hacia mí respuestas duras, amargas, hirientes, llenas de ira. ¿Quién dijo que en la familia de los creyentes esto no pasa?

-“Tus palabras son suaves y medidas, pero no se me está escapando el detalle de que me estás vapuleando. ¿Me equivoco?” Le dije una noche después de una áspera conversación. Asintió con un gesto con su cabeza. Efectivamente; así era.

-“No importa. Igual te quiero”. Cerré el diálogo.

En ese momento Dios habló a mi corazón y me llevó en el espíritu a comprender aún más cómo ha sido mi relación con El durante todos estos años. Si esto me puede suceder a mí, con la visión y las emociones limitadas de un ser humano de condición caída y corrupta heredada de nuestro padre natural Adán… A decir verdad, difícil imaginar ni remotamente lo que estará pasando por la mente y por el corazón  infinitos de mi Papá Celestial.

Regocijo en los cielos cuando entregué mi vida al Señor. Tintineo de campanitas, música para sus oídos cuando dije por primera vez “Papá, te amo”. Dolor, pero sin embargo “te sigo amando” cuando clamé amargamente: “Señor, ¿qué estás esperando para sacarme de esto?”. Pero por sobre todas las cosas y muy a pesar de mí; nunca dejé de ser “la niña de sus ojos”.

No puedo menos que prorrumpir en alabanzas. Su amor y su fidelidad se renuevan para mí cada día.

¡GRACIAS, AMADO SEÑOR! ¡TU FIDELIDAD Y TU AMOR NO DEJAN DE ASOMBRARME CADA DIA!

«Guárdame como a la niña de tus ojos;  Escóndeme bajo la sombra de tus alas»

(Salmos 17:8 RV60)

Autor: Luis Caccia Guerra

Escrito para www.devocionaldiario.com 

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